Marie-Rose Lortet, El tejer de la vida

“Tengo una necesidad casi cotidiana de contar algo desde la
punta de mis dedos” Marie‐Rose Lortet (2009)

Quizás por los tiempos que corren, en que es difícil no distraerse, apetece cobijarse a la sombra de los espíritus insobornables, que desafían las inercias y apuestan por un mundo propio al que entregarse de por vida.

Debido quizás a estos tiempos, fragmentarios como pocos, apetece hoy como nunca seguir el hilo de una artista que todo lo une y enlaza. Una mujer con vocación de araña que con sólo 16 años entró a trabajar en una casa de costura, pero que no encontró allí su solaz, pues no era mujer de plegarse ante los sistemas de patronaje.

Poco a poco Marie‐Rose Lortet se fue permitiendo discretas alteraciones en las confecciones que le asignaban y, unos años más tarde, mientras tejía un jersey para uno de sus hijos, se dejó llevar por el latido de su imaginación y las mangas de la prenda se convirtieron en alas para volar a lugares desconocidos. Fue así como abrió la rendija por la que se fue colando el arte, hasta hacerse con todo. Ya no había vuelta atrás.

La trayectoria artística de Marie‐Rose Lortet recibió un golpe de gracia el día que Jean Dubuffet se interesó por sus creaciones y adquirió algunas de sus obras. Corría el año 1969 y Marie-Rose sólo tenía 24 años. El apoyo del artista “inventor” del término Art Brut la animaría aún más a continuar.

Desde entonces no ha dejado de hacer creaciones textiles, prefiriendo aquellas cuya trama se va definiendo mientras se avanza, que permiten jugar con los vacíos (ganchillo) o las anexiones insospechadas (composiciones con trenzas y retales). Obras portátiles que pueden seguirla a todas partes: no es extraño ver a Marie-Rose Lortet trabajando en un autobús o mientras camina.

“Y va brotando, brotando, como el musguito en la piedra.
Y va trepando, trepando, como en el muro la hiedra.”

Violeta Parra

Su trabajo puede dividirse formalmente en varios temas: las máscaras, los grandes territorios de lana, arquitecturas de hilos endurecidos con azúcar, miniaturas… aunque nunca deja de experimentar, por ejemplo, compactando con hilos un ensamblaje de papeles de chocolate.

Marie-Rose Lortet parece buscar su propio asombro ante lo creado, ese momento en el que el artista contempla lo que ha hecho como si no le perteneciera, como si fuese  obra de algo misterioso que ha decidido expresarse a través de sus manos.

A lo largo de la historia, el acto de tejer ha permitido a las mujeres viajar del universo profano al sagrado, emprendiendo viajes meditativos que transcurren por el interior de la realidad, desde el espacio mundano al simbólico.

Más de sesenta años lleva Marie-Rose Lortet viajando entre hilos y lanas de colores. ¿Cuánta fibra animal o vegetal se habrá deslizado por sus dedos? Por supuesto que no importa el dato, pero sí dejarnos transportar a su espacio íntimo de comunión con los materiales, imaginar la fibra suave que acaricia su piel siempre por los mismos lugares, enredándose en los dedos diligentes que nos cuentan lo que han visto al otro lado del espejo.

Hilos que se deslizan y entrelazan mientras la vida pasa, marcada por esta alquimia cuyo método la misma artista desconoce.

Graciela García Muñoz
Madrid, 22 de marzo de 2022

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