Entradas con la etiqueta ‘La Fabuloserie’

26 de noviembre de 2011

Le manège du Petit Pierre

El tiovivo de Pierre Avezard (Francia, 1909‐ 1992) es un conjunto móvil de figuras de madera y metal construidas con latas de conservas y otros materiales de desecho. Posee una réplica de 12 metros de altura de la Torre Eiffel, un átomo de molécula gigante, flores y plantas de metal entre otros objetos fantásticos. En la actualidad puede seguirse viendo en la colección La Fabuloserie.

A Pierre Avezard, llamado Petit Pierre, le gustaba decir que nació antes de lo previsto. Sin siquiera el agujero de las orejas, por tanto sordo y medio ciego, se le confió el “oficio de los inocentes”: pastor. La invasión de las máquinas en la vida del hombre le dejaba perplejo y pasaba sus días analizando el movimiento de los aparatos con los que se topaba. Solitario y fascinado por la velocidad a la que cambiaba el mundo, comenzó a construir este carrusel que aún hoy sigue girando con ensordecedor chirrido de hierros.

1 de enero de 2010

Un vaquero en un castillo de naipes

Edmond Morel, Le Château de Cartes (immeuble). Dicy, La Fabuloserie

Soy un vaquero fiero con una sola función: vigilar mi castillo de naipes.

Llevo encargándome de este trabajo ya muchos años, en una estancia de La Fabuloserie que por la noche se apaga.

Hubiera preferido encargarme del cuarto piso, acotado por cerillas azules. Es el piso más alto, el más hermoso, pero allí no nos necesitan. Es el área custodiada por las figuras de la baraja francesa. Gente muy organizada: la reina de corazones junto a la reina de tréboles, de rombos, de picas… todos dispuestos en círculo para controlar al enemigo por todos los flancos.

Dicen que arriba del todo hay una gran campana plateada, protegida por una cúpula de cartoncillos, coronada por un querubín solitario al que nunca le apetece conversar.

De vez en cuando la luz de la habitación se enciende y me pasan un plumero por todo el cuerpo, con suma delicadeza. Entonces siento que mis pies se despegan del piso y que el suelo bajo mis pies tiembla, pero enseguida me estabilizo. Vivo en una construcción más sólida de lo que parece. El pegamento que la sostiene es el que se usaba para reparar los sacos de patatas.

Alain Bourbonnais, Mademoiselle Rose. Dicy, La Fabuloserie

Mi creador se dedicaba a cultivar su pequeña propiedad en Pais-de-Calais hasta que la Segunda Guerra Mundial cambió su vida. Fue prisionero en un campo de trabajo de Austria y esta experiencia le cambió para siempre. En cuanto recibió su primera pensión comenzó a hacer construcciones fantásticas. Al principio reproduciendo aquel campo de trabajo, luego dejando volar su imaginación.

Los indios azules del segundo piso viven en alerta constante. No es de extrañar, conviven con los tramposos Joker que se divierten lanzando falsas alarmas. En la zona baja es donde mejor se lo pasan. Todos a refugio bajo las arcadas de cartón, organizando fiestas privadas mientras los demás trabajamos duro.

No les envidio. Tras su muralla de cartas, ellos no ven lo que yo veo. Cuando las luces de La Fabuloserie se apagan, desciendo por la empalizada y me escapo a las otras estancias. Converso con Mauricette y sus amigos, siempre enzarzados en grandes debates. Saludo a los Turbulentos, a Mademoiselle Rose, a La Poussette.

A veces las luces se encienden y nos pillan desprevenidos, pero la gente ya no se sorprende de encontrarnos en sitios diferentes. Nos colocan donde debemos estar y hacen como si no hubiesen visto nada.

Francis Marshall, La Soupe, Dicy, La Fabuloserie
Reinaldo Eckenberger, La Poussette. Dicy, La Fabuloserie
12 de agosto de 2009

Máquinas


Fig. 1. François Monchatre, “Puedo llamaros Hélène” (1977).


François Monchatre (Francia, 1928) está fascinado con la aviación y construye excéntricas máquinas con todo tipo de materiales. Si éstas son interesantes de por sí, las completa con curiosos títulos, poéticos y ocurrentes. Entre otros oficios, François contruyó muñecos y fue limpiador de cristales.


Su obra se encuentra recogida en la Fabuloserie (la colección de Alain Bourbonnais) al igual que las extrañas máquinas de Joël Negri (Francia, 1949) que replantean la relación del hombre con la locomoción.

Fig. 2. Joël Negri, “El carro a vela” (s.f.)

Joël Négri era albañil de profesión y tenía cierta experiencia trabajando con mosaicos y azulejos. Sus primeros trabajos fueron relieves pero poco a poco se fue sumergiendo en su principal inquietud que gira en torno a la rueda. Realizó una serie de ‘carros’ con cabezas humanas o de animal. Objetos híbridos a caballo entre el juguete y la máquina, lo orgánico y lo mecánico.


En sus últimos trabajos ha virado su interes a creaciones más abstractas sin llegar a abandonar su léxico preferido compuesto de alas y ruedas.


Fuente imágenes: Outsiders: An Art Without Precedent or Tradition. (1979) London: Arts Council of Great Britain.


29 de marzo de 2009

Máquinas maravillosas… continuación

Giant Whirlings, Vollis Simpson

Vollis Simpson (1919) en Carolina del Norte utilizó la energía del viento y el sistema de calefacción de su hogar para mover sus molinillos gigantes, algunos de más de 10 metros. El metal empleado en su fabricación procede de piezas de vehículo encontradas en vertederos. Le interesaban sobre todo los reflectores que devolvían brillos de colores en todas direcciones.


Giant Whirlings, Vollis Simpson


En Fay-aux-Loges, Francia, encontramos Le Manège, obra de Pierre Avezard (1901-aprox. 1980) consistente en un conjunto móvil de figuras de madera y metal construidas con latas de conservas y otros materiales de desecho. Posee una réplica de 12 metros de altura de la Torre Eiffel, un átomo de molécula gigante y flores y plantas de metal entre otros objetos fantásticos. En la actualidad se encuentra en La Fabuloserie, un museo privado de piezas de Art Brut.

A Pierre Avezard, llamado Petit Pierre (1909-1992) le gustaba decir que nació antes de lo previsto. Sin siquiera el agujero de las orejas, por tanto sordo y medio ciego, se le confió el “oficio de los inocentes”: pastor. La invasión de las máquinas en la vida del hombre le dejaba perplejo y pasaba sus días analizando el movimiento de los aparatos con los que se topaba. Solitario y fascinado por la velocidad a la que cambia el mundo, comenzó a construir este carrusel que aún hoy sigue girando con ensordecedor chirrido de hierros.

7 de diciembre de 2008

juguetes contra la ceguera


Habiendo dedicado su vida al trabajo de la madera, Emile Ratier comienza a sentir que está a punto de quedarse ciego. La pérdida progresiva de la vista, le empuja a aferrarse a un mundo donde se potencian los otros sentidos. Sin dejar de trabajar el material por él más explorado, comienza a construir objetos de madera fantásticos y polisensoriales. Estos consisten en máquinas, norias, extraños tiovivos o relojes cuyo engranaje hacen funcionar los animales. El tacto y el sonido, toman un papel importante en el disfrute de estas máquinas de madera, clavos viejos, piezas de bicicleta y alambre. Ratier quedó completamente ciego a la edad de 65 años.