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29 de marzo de 2009

Máquinas maravillosas… continuación

Giant Whirlings, Vollis Simpson

Vollis Simpson (1919) en Carolina del Norte utilizó la energía del viento y el sistema de calefacción de su hogar para mover sus molinillos gigantes, algunos de más de 10 metros. El metal empleado en su fabricación procede de piezas de vehículo encontradas en vertederos. Le interesaban sobre todo los reflectores que devolvían brillos de colores en todas direcciones.


Giant Whirlings, Vollis Simpson


En Fay-aux-Loges, Francia, encontramos Le Manège, obra de Pierre Avezard (1901-aprox. 1980) consistente en un conjunto móvil de figuras de madera y metal construidas con latas de conservas y otros materiales de desecho. Posee una réplica de 12 metros de altura de la Torre Eiffel, un átomo de molécula gigante y flores y plantas de metal entre otros objetos fantásticos. En la actualidad se encuentra en La Fabuloserie, un museo privado de piezas de Art Brut.

A Pierre Avezard, llamado Petit Pierre (1909-1992) le gustaba decir que nació antes de lo previsto. Sin siquiera el agujero de las orejas, por tanto sordo y medio ciego, se le confió el “oficio de los inocentes”: pastor. La invasión de las máquinas en la vida del hombre le dejaba perplejo y pasaba sus días analizando el movimiento de los aparatos con los que se topaba. Solitario y fascinado por la velocidad a la que cambia el mundo, comenzó a construir este carrusel que aún hoy sigue girando con ensordecedor chirrido de hierros.

5 de enero de 2008

Arte a partir de los 60 años

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Vollis Simpson “Molinillos gigantes”
Fuente: MAIZELS, John (1996) Raw Creation. Outsider Art and beyond. Hong Kong, Phaidon

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Tressa Prisbey “Bottle Village”
Fuente: SCHUBERT, Marcus (1991) Outsider art II: Visionary environments. Kyoto, Art Random 75

Tressa Prisbey, comenzó a construir a los 60 años el que sería llamado Bottle Village. Todo empezó por la necesidad de levantar un lugar para guardar su colección de 17000 lápices. Pensó que una manera económica de hacerlo podría ser servirse de botellas amalgamadas con cemento. Debió encontrar la experiencia muy gratificante pues dedicó los veinte años siguientes a la construcción de otras trece casas de botellas, dos pozos de los deseos, una fuente, varias plantaciones, dos altares y un paseo de mosaicos. Los únicos materiales que compró fueron cemento, arena, papel de pared y vigas de madera. El resto lo tomó del vertedero local.

Tressa se casó a los 15 años con un hombre de 52 que ya tenía siete hijos. Le dejó, quedándose a cargo de los niños, seis de los cuales murieron. En su obra hay abundantes referencias a la maternidad y también invocaciones de magia simpática (pozos de los deseos, amuletos…). De lo que más orgullosa estaba La señora Prisbey era de su capacidad para generar algo de la nada.

“Cualquiera puede realizar cualquier cosa con un millón de dólares. Fíjate en Disney. Pero hace falta algo más que dinero para crear algo de la nada, y mira lo bien que me lo he pasado haciéndolo.”

Tressa Prisbey

Otra demostración de vitalidad e imaginación: Vollis Simpson, que era fabricante de maquinaria para transportar casas. En su jubilación aplica sus conocimientos en la construcción de unos molinillos de diez metros de altura a partir de carrocería y otros desechos de vehículos. En Alcolea del Pinar, Guadalajara, tenemos el ejemplo de Máximo Rojo. A los 67 años comienza a transformar su jardín en un museo que llamará “El Jardín Escultórico”
(ver entrada “Museos personales”)