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1 de mayo de 2014

Dunya Hirschter

BIOGRAFÍA

Dunja Koprolčec nació el 18 de marzo de 1954 en Croacia. Estudió inglés y literatura comparada en la universidad de Zagreb y con dieciséis años se inició en el mundo del teatro.

Dunya-Hirschter

En febrero de 1975 entró a formar parte del grupo Globe Theatre, que fue un referente del teatro experimental balcánico durante la segunda mitad de los años setenta hasta principios de los ochenta y cuya influencia perdura hasta nuestros días. El grupo tenía un marcado carácter experimental y Dunya fue, de sus miembros, la más rádical y quizás la cabecilla. A Dunya se la tenía por una mujer fuerte, valiente e idealista que empujaba el arte al límite, hasta llegar a fusionarlo con la vida.

Dunya-Hirschter

 

zlatko-buricA principios de los años 80 se dedicó a viajar y de entre todos los viajes hubo uno que la marcó. Fue el descubrimiento de Marruecos y más concretamente de la ciudad de Tanger, destino de muchos hippies y artistas de aquellos tiempos. No se sabe bien lo que sucedió allí, pero Marruecos fue para ella una experiencia intensa, el punto de inflexión entre las dos Dunyas, la Dunya artista y la Dunya que terminaría convirtiéndose en vagabunda. Entre otras cosas se sabe que fue allí donde se convirtió al Islam y donde se gestó su separación de Zlatko Buric, hoy famoso actor con residencia en Dinamarca, con quien compartió la pasión por el teatro pero no el interés por el Islam. Al principio pensó que él se convertiría, que la seguiría, pero no fue así y Dunya decidió separarse.

Desde aquel primer viaje, regresó periódicamente a Marruecos y en una de sus estancias conoció a un hombre musulmán que quería casarse con ella, pero la familia de él no aceptó y Dunya lo vivió como un acontecimiento trágico. Pensaba que les habían hecho brujería y se sintió desgraciada el resto de su vida por haberse quedado sola y sin hijos.

Su última aparición en escena fue para la representación de “Fashion Show” en 1984, tras lo cual se retiró de la vida pública.

Desde entonces vivió en varios lugares sin preocuparse de visados ni permisos de estancia, lo que le valió ser deportada a su cuidad natal, Osijek, donde tenía un hermano. Como no quería quedarse en Croacia, ni tampoco vivir con su hermano, volvió a España con un nuevo nombre: Dunya Hirschter.

En España vivió un año en Madrid, en el parque de la Mezquita de la M30, alimentándose gracias a la caridad de la comunidad musulmana y durmiendo en la mezquita. Para Dunya fue una época durísima, se sentía muy desprotegida y tenía frecuentes crisis nerviosas. Escuchaba voces y se sentía perseguida. Por aquel entonces, en el parque, comenzó a trabajar en una labor de bordado en un gran manto, que lamentablemente no se conserva.

De allí viajó a Málaga donde conoció a unas personas de Granada que le ofrecieron trabajo y la llevaron de vuelta a esta ciudad que para ella era símbolo de convivencia entre musulmanes, cristianos y judíos. El trabajo no le duró porque Dunya tenía un comportamiento extraño, que asustaba a la gente, pero al menos en Granada se encontraba en una ciudad más pequeña y amable; y lo más importante, con una comunidad musulmana grande y muy unida.

Dunya-Hirschter

Dunya apenas tenía ingresos, tan sólo una pequeña pensión que recibía de Croacia. Es por esto que las mujeres de la comunidad musulmana le llevaban alimentos y se ocupaban de sus necesidades. Ella no trabajaba para ganar dinero, ya que por un lado no conseguía mantener los empleos y por otro, la vida en este mundo había dejado de interesarle. Tampoco vendía sus creaciones, aunque de vez en cuando creaba algo para una amiga a cambio de dinero.

Dicen que pasaba muchas horas en la mezquita y que ocupaba siempre el mismo puesto, detrás del biombo que delimita el área de las mujeres, con su Corán entre las manos, vestida de forma extravagante con prendas muy viejas personalizadas por ella. En la mezquita ella tenía lo más cercano a un espacio y a una familia, pero no conseguía integrarse bien debido a que hablaba mal español y a que salvo excepciones, se la tenía por una loca.

La falta de relaciones sociales le venía muy mal, hacía que se aislara más y más y que se volcara en sus bordados, dibujos y collages.
A veces no salía durante días, dedicándose fanáticamente a sus obras y al estudio del Corán, hora tras hora, sin dormir ni comer.

Cada vez que su hermano se retrasaba en el ingreso de su pensión o cuando sentía que estaba a punto de perder la pequeña casa que tenía en el Albaicín, sufría crisis nerviosas que asustaban a los vecinos y que le valieron ser ingresada en un hospital, donde le diagnosticaron esquizofrenia y le sometieron a un tratamiento con psicofármacos muy duro. Dunya era consciente de su enfermedad y sufría por ello pero se negaba a tomar medicamentos, por lo que transitaba entre momentos de lucidez y estados de delirio.

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Así pasaron los años en Granada, cada vez más aislada, sin ser entendida por la gente del barrio, que veían en ella a una extraña y alta figura, vestida con ropas coloridas y un pañuelo en la cabeza. De duro carácter y marcado acento croata.

Una amiga que de vez en cuando la visitaba, después de no verla durante días, llamó a la policía para forzar la puerta de su casa: la hallaron sentada en la cocina, muerta. Fue enterrada el primer día enero de 2009, en el cementerio musulmán de Granada.

Si bien a su muerte han surgido algunos obituarios que cuentan parte de su vida y le rinden homenaje en virtud del legado que dejó como integrante del Globe Theater, Dunya murió sola y completamente alejada de ese breve pasado glorioso. En su tumba no hay inscripción alguna.

OBRA

La obra de Dunya se compone esencialmente de collages y de prendas y accesorios intervenidos. Mención aparte merece lo que podría ser su pieza central, el Corán que utilizaba a diario.

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Los collages de Dunya son composiciones de varias capas que combinan el dibujo de motivos ornamentales con el troquelado, muy fino y minucioso, de papeles semitransparentes. A veces incorporaba elementos que encontraba en la calle como cáscaras o elementos vegetales.

Tenía tal escasez de medios y una necesidad tan grande de expresarse que la mayoría de dibujos están trabajados por ambas caras e incluso las capas ocultas pueden estar recubiertas de minúsculas flechas y adornos de colores donde no queda ni un milímetro del papel sin cubrir.

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Dunya no podía dejar de emplear el arte como su principal medio para expresar sus sentimientos. Es posible que mediante la ropa embellecida por ella quisiera proclamar su singularidad y protegerse de su propio lado trastornado y de las miradas incomprensivas de los demás.

En Dunya llama la atención el contraste entre esa idea oscura que tenían de ella los vecinos, esa imagen de mujer mahumorada, de duro acento, inflexible (parece que se ponía muy agresiva si por ejemplo a alguien le sonaba el móvil en la mezquita) y el colorido y vitalidad que vuelca en sus creaciones textiles. Ese acto de coquetería que es adornar con colores y dorados las propias gafas, el abanico… parece demostrar que había en ella un mundo alegre y rico que ofrecer al que la mayoría de la gente, por falta de llave, no podía o no quería acceder.

Dunya-Hirschter

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Cuando uno intenta asomarse a su proceso creativo y observa sus creaciones, los collages, sus bordados, el Corán, tiene la sensación de que el tiempo se detiene. Sus creaciones nos resultan cautivadoras porque en ellas se suspende la noción del tiempo tal y como la entendemos. Se suspende la tiranía de la utilidad. En esta sociedad donde toda tarea debe ser justificada y todo minuto debe ser optimizado, se presentan rara vez objetos que disuelven el concepto de tiempo, lo dejan flotando, lo banalizan.

Dunya-Hirschter

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Algo de Dunya se ha quedado entre sus bordados y entre las páginas de su manoseado libro, algo físico: humores corporales y algo inasible: precisamente en esa relación con el tiempo reside el poder de la permanencia de Dunya en sus creaciones, el extraño halo que los envuelve y convierte en objetos cargados de algo que no sabemos describir.

Sus prendas son el resultado de un acto muy íntimo de comunión entre la persona y el imaginario que se construye para cubrirse y presentarse ante el mundo.

Dunya sufre una desalineación entre la realidad y la idea que ella tiene de su destino. Su traje nos recuerda a otras obras de arte outsider realizadas por mujeres en psiquiátricos, el vestido de novia que tejió Marguerite Sirvins con hilos extraídos de sus propias sábanas; el diario bordado en la chaqueta del uniforme, por dentro y por fuera, de Agnes Richter; o el misterioso conjunto conocido como La Robe de Bonneval, concebido como traje ritual para la reconciliación de una pareja que nunca más se encontraría. Se trata de obras donde las prendas de vestir son un objeto simbólico que prentende aliviar una carencia dolorosa, de libertad, de cordura, de amor, de una vida “normal”.

 

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En cuanto al Corán, hablamos de éste como si fuera una obra pero por supuesto esto es de algún modo un esnobismo que nos permitimos al sacarlo de contexto, pues para ella era un objeto inefable al que profesaba el máximo respeto. Asociarlo a una intención artística sería una blasfemia. Representaba el centro de su fe y una fuente inagotable de estudio. Es curioso porque la mayoría de los “respetos” se manifiestan como una especie de miedo a lo respetado. La mayoría de personas que respetan algo no se atreven a tocar su objeto de veneración. Más raro es encontrar “respetos” como el de Dunya, que dialogan con él y lo intervienen.

Dunya debía sentir su Corán como una parte tan íntima de sí misma que se nota que lo manejó con libertad. Lo mejoró estéticamente, lo hizo más usable, recortando papel sobrante y añadiendo pestañas para manejarlo mejor. Lo quemó en algunas páginas, quizás intencionadamente (quemaba a menudo parte de sus obras porque le gustaba o le parecía espiritual el efecto del papel quemado). Lo subrayó con fluorescente, lo dibujó, coloreó e incluso festoneó en la parte de abajo, quizás en un estado alterado de conciencia de los que da el trabajo prolongado. También le cambio el lomo, lo bordó con hilos de colores, creando una desconcertante y caótica composición.

La obra de Dunya puede verse hasta el 21 de mayo en La Galería Alegría de Madrid.

Créditos:

Gracias a Moumina Wagner, Nadja El-Shohoumi y Jessica Moroni por la información facilitada.

Las fotografías de Dunya joven provienen de: www.jutarnji.hr

Las fotografías de Dunya con pañuelo han sido facilitadas por: Moumina Wagner.

Las dos fotografías de los collages de Dunya son de Antonio Riccio.

El resto de fotografías de la obra de Dunya son de Álvaro Acinas (Galería Alegría).

24 de noviembre de 2013

Cuentos Públicos de Estilo en el Trabajo de Ventura

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Quedo con Fernando Ventura en un bar de Malasaña porque quiere enseñarme unos libros en los que está trabajando.

Ahora prefiero el collage, no sufro como con el dibujo, me dice. A lo mejor es porque en el dibujo estás tú solo. Parece estar de acuerdo. Eso es, al menos, lo que me pasa a mí, le explico.

Los collages de Ventura son tan inquietantes e inapresables como sus dibujos, con la ventaja de que estos, los collages, se alimentan del rico repertorio de texturas que le proporcionan las imágenes de revistas. Él tiene predilección por las texturas de la comida, me indica señalando el recorte de un guiso irreconocible, convertido en prótesis o muñón. Y protesta porque el collage sea, en cierto modo, una técnica de segunda.

Claro, pienso yo, el artista está en lo que escoge y transforma. El artista es un trapero. En el collage se ve más claro pero el espigado, el robo y la transformación está en cualquier obra y técnica. A mí, del collage, me atraen los regalos del azar, que se exhiben así, en bruto, tan desvergonzados. Los dos libros que me enseña Ventura son un caldo de encuentros afortunados.

El primer libro, el que lleva más avanzado, se llama “Cuentos públicos de estilo en el trabajo de Ventura” y es eso, un ejercicio de estilo, un cuaderno de aforismos, un poemario dadá… Un libro de artista que utiliza como soporte el libro de otro artista: un catálogo de escultura. Y es bueno, muy bueno. Sobre todo en algunos momentos, faltaría más.

En este libro el material de fondo y la intervención de Ventura a veces se ignoran y a veces conversan. La escultura convertida como nunca en material gráfico. Y luego están los textos, por alguna razón me quedo enganchada en uno, que me deja como con hambre “Con depresión mejor construir señales que futuro”.

Está compuesto como los otros textos juntando palabras recortadas, igual que en los mensajes anónimos. Uno escribiendo así está menos expuesto, puede querer decir algo profundo o sólo estar jugando a descubrir asociaciones inquietantes ¿Cómo será esa mesa de Ventura llena de palabras a la espera? Ventura también practica la escritura tradicional, ésa en la que las palabras son llamadas a testificar una a una, palabras de las que uno tiene que hacerse plenamente responsable. En este blog dediqué una entrada hace unos meses a sus escritos.

Al final del libro, en las últimas páginas, donde todavía Alberto Bañuelos es Alberto (sin Fernando) me encuentro unos cuantos dibujos sueltos, tamaño cuartilla. Entonces es cuando Ventura me cuenta la historia de su amigo Florentino Vico. Estos dibujos, me explica, son para que los venda un buen amigo mendigo, que duerme en la Plaza Mayor. Ventura tiene curiosidad por ver cómo reacciona la gente. Los dibujos son como siempre, potentes y de algún modo terribles. Casi todo retratos. Su amigo estará (si le dejan) vendiéndolos como suyos allí, en el corazón turístico de Madrid, junto a los pintores de quijotes y caricaturas al carbón. Con su facha de mendigo y su poderoso nombre como de alguien destinado a algo grande.

Ventura admira a su amigo. Como él, Florentino percibe la remi pero se encuentra en una situación más precaria. Ventura se ha planteado enseñarle a dibujar, meterle en esto como Jaime Vallaure hizo con él, plantarle frente a un carboncillo y animarle a emborronar, rasgar, romper y reconstruir. El problema es dónde, yo le propongo a Ventura que le de revistas y una grapadora, que haga collages nómadas, casi esculturas, para no necesitar una mesa, pero creo que no termina de ver la idea. En cualquier caso, volviendo al tema de las ventas, Ventura le ha propuesto ir a medias y si la cosa funciona, a lo mejor Florentino encuentra una cuerda de la que tirar. El precio a Ventura le da lo mismo, él siempre prefiere que sus dibujos viajen, que tomen su propio camino, no le gusta acumularlos.

Entretanto, Ventura continúa junto a Jaime el proyecto La Sociedad del Carbón, donde ambos dibujan a carboncillo mano a mano, aprendiendo a cazar la riqueza de lo borrado y lo sobreescrito por el otro. Y también, imagino, depurando el difícil arte de “parar”.

Nos despedimos. Ventura se lleva sus dos libros, que espero termine, y mientras quito el candado de mi bici  hablamos por alguna razón del problema de tener tiempo, de aburrirse. Pero sin aburrimiento no suceden cosas, acordamos, no hay caldo, sólo comida preparada que a veces, con algo de suerte, da el pego.

Si queréis saber más sobre Fernando Ventura, aquí tenéis varias entradas sobre él.

16 de noviembre de 2013

¡Primicia! Muy pronto… “Cuentos públicos de estilo” de Fernando Ventura

fernando ventura, art brut español libro de artista

18 de septiembre de 2012

Felipe Jesús Consalvos (La Habana, 1892- 1960)

felipe_jesus_consalvos arte cubano

Felipe Jesús Consalvos nació en La Habana en 1892 y emigró a Miami en los años veinte para terminar asentándose en Filadelfia y Nueva York.

Trabajó buena parte de su vida liando puros (lo que en cuba se conoce como “torcedor”) y su vínculo con el tabaco es patente en los 750 collages descubiertos tras su fallecimiento en los que juega con etiquetas de puros y fotografías encontradas.

También forró objetos como instrumentos musicales y muebles. En general, todas sus obras recuerdan a los collages surrealistas y dadaístas. Están plagadas de imágenes de personajes célebres de la política, desde Hitler hasta George Washington, que combina con textos de intención satírica (casi todas sus obras comportan crítica social).

felipe_jesus_consalvos arte cubano

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14 de octubre de 2007

La Sra. St

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Sra. St. Sin título,1890.
Collage, lápiz, tinta, acuarela, 269.0 x 25.0 cms (Inv. No 3417, detail).
Fuente:
www.prinzhorn.uni-hd.de

Esta extraña pieza fue creada en 1890 por una mujer de la que sólo conocemos las dos primeras letras de su apellido: St así como su diagnóstico: esquizofrenia. De grandes dimensiones, está construida a base de pequeños fragmentos pegados entre sí y decorados con motivos ornamentales y algún detalle figurativo.