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19 de febrero de 2011

Bessie Harvey, artista autodidacta

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Bessie Harvey, Caras de África (1994) American Folk Art Museum

El pasado viernes asistí a una estupenda conferencia de Brooke Davis Anderson en la Escuela de Arte 10. En ella se presentó el trabajo de catorce artistas autodidactas, doce de ellos afroamericanos y dos caribeños.

Uno de los mejores momentos para mí fue redescubrir la obra de Bessie Harvey (Dallas, 1929‐ 1994), una artista de Tenesee que trabajaba con palos y todo tipo de artefactos y residuos que recogía en el río. Bessie Harvey tenía la convicción de que los materiales y fragmentos de árbol que rescataba del agua eran objetos espirituales, cargados de magia. Nunca había estado en África y para ella crear se convirtió en una forma de conectar con sus raíces africanas.

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Bessie Harvey, Sueños dorados (izda.) y talla en madera (dcha.), (sin fecha encontrada)

Bessie Harvey iba guardando los objetos que recolectaba en una maleta. De este modo, cuando buscaba conseguir “el regalo” de inspiración que necesitaba para comenzar una obra le bastaba con abrirla y dejar volar su imaginación.

Ellos hablan. Hablamos mientras los construyo; hablamos cuando no estoy
construyéndolos. A veces simplemente cojo un trozo de madera que no es nada y
sé qué es lo que va a ser, lo sé en ese mismo instante y comienzo a hablar con el
trozo de madera antes de tocarlo, antes de hacer nada con ello, porque ya sé que
es algo.

Su obra fue incluida en la colección del Whitney Museum de Nueva York en 1984 y a partir de entonces quedó conectada con los circuitos y el mercado del arte contemporáneo. Una de sus obras posteriores se titula “Las siete lenguas de un marchante de arte”.

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Bessie Harvey, Las siete lenguas de un marchante de arte, (1991-1993)
19 de septiembre de 2010

Objetos insólitos

“Nada es sólito apenas se lo somete a un escrutinio sigiloso y sostenido”

J. Cortázar, La Vuelta al Día en Ochenta Mundos

Al comienzo de Manual de Instrucciones (Historias de Cronopios y de Famas) Julio Cortázar nos invita a descubrir las fisuras de lo apariencial:

“Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.”

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Julio Cortázar (izda.) y detalle de obra de Bispo do Rosàrio (dcha.)

Creo que Julio Cortázar (que sí conoció a Adolf Wölfli) no conoció a Arthur Bispo do Rosário pues de haberlo hecho, le habría dedicado algún lugar en sus escritos. Es seguro que le habría encantado la ligereza con que pasaba de largo de la funcionalidad de los objetos. Su empeño en reconstruir el mundo desde su propio criterio, a través del más arbitrario de los inventarios.

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Detalle de obra de Bispo do Rosàrio

Como él, otros creadores como Ferdinand Cheval, Nek Chand, Tressa Prisbey o Bodan Litnansky se sintieron fascinados por algunos objetos que encontraban. Quisieron ver en ellos repertorios de formas donde otros sólo veían basura o trastos viejos.  Comenzaban acumulándolos (versión “bruta” del coleccionismo) antes o mientras construían. Cheval y Chand miraban sus piedras, Prisbey sus lápices y Litnansky sus muñecas. Sabían que algún día servirían para algo, les darían “el regalo” de inspiración que necesitaban para comenzar.

La artista Bessie Harvey (Dallas, 1929-1994) guardaba objetos que le llamaban la atención en una maleta en la que se adentraba en busca de ese regalo. Existe en el proceso creativo de estas personas el placer de construir algo a partir de lo que se considera nada. El placer de no saturar el universo.

“El objeto tiene una existencia independiente, pero el artista actúa como el que, paseando por una playa, descubre una concha o una piedra pulida por el mar, se las lleva a casa y las coloca sobre una mesa, como si fueran objetos de arte que revelan su inesperada belleza”. (Humberto Eco)

El acto creativo permite abrir fisuras en la cotidianidad (que se desplaza cuando la empujas suavemente con el hombro) como hace la cronopia Agnés Varda y algunas personas que aparecen en su película “Los espigadores y la espigadora”.