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8 de enero de 2011

Antonio Dalla Valle, artista portátil

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La novela Historia abreviada de la literatura portátil de Vila-Matas parte de una obra de Duchamp, la maleta que creó para contener una reproducción en miniatura de toda su obra, presta a hacer un viaje en cualquier momento.

La conspiración shandy o sociedad secreta de los portátiles fue fundada en 1924 en la desembocadura del río Níger y formaron parte de ella, entre otros, Duchamp, Scott Fitzgerald, Walter Benjamin, César Vallejo, Rita Malú, Valery Larbaud, García Lorca, Pola Negri, Berta Bocado, Alberto Savinio y Georgia O’Keefe. El requisito principal para pertener a la sociedad secreta era que la obra artística de uno fuera portátil, es decir, que no fuera pesada y pudiera ser fácilmente trasladable en un maletín.

Lo que portamos con nosotros nos define. Los artistas portátiles llevan consigo su labor para abordarla en cualquier momento y no sentirse nunca huérfanos. Algunos creadores del arte outsider van siempre acompañados de sus objetos fetiche, dispuestos a trabajar en ellos en cualquier momento, capaces de trasladarse a cualquier parte sin perder de vista lo importante, los objetos que protegen.

Marie-Rose Lortet lleva sus piezas en el autobús para tejer durante los trayectos. Bispo do Rosário y Carlo Zinelli caminaban con piedrecitas en los bolsillos (entre otros objetos que recopilaban en sus paseos), Kunizo Matsumoto llevaba una riñonera con papeles de agendas y calendarios pasados de fecha, sobre los que dibujaba pictogramas sin saber lo que significaban.

Esta entrada está dedicada a un autor algo menos conocido, Antonio Dalla Valle (Italia, 1939) que viajaba con una bolsa de plástico en la que guardaba cuadernos escritos, encendedores, cajas de lápices de colores, hojas de plexiglás y pequeñas esculturas. También caminaba adornado con su colección de relojes en la muñeca, ninguno de los cuales estaba ahí para darle la hora.

Entre sus creaciones están los “Squadernamenti” un conjunto de cuadernos estratifiacdos como una formación geológica y forrados con una película transparente. Otras de sus pequeñas esculturas también se basan en el acto de envolver, lo que nos lleva inevitablemente a pensar en las creaciones de Judith Scott y a reflexionar sobre los modos en que se expresa la necesidad de protección. Como ella, Antonio Dalla Valle también tenía un vínculo particular con las vendas. Se vendaba el pie derecho sin necesitarlo, al igual que Judith Scott se ponía tiritas sin haberse cortado. Antonio Dalla Valle llevaba además consigo, en su equipaje, una larga venda al final de la cual podía intuirse, anudado, un misterioso objeto.

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Bibliografía y fuentes de las imágenes: Pontiggia, P. (s. f.)  Antonio Dalla Valle. Solignano: Figureblu.