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23 de febrero de 2014

La vuelta al día en cuatro mundos (2/4) La mano sola, Opicinus de Canistris

“La vuelta al día en cuatro mundos” es un artículo para Bric-à-Brac que se compone de cuatro relatos que quieren recrear un día en la vida de los artistas Arthur Bispo do Rosário, Opicinus de Canistris, Georges Widener y Zdenek Kosek. Se trata de cuatro textos de ficción con los que hemos querido acercarnos a cómo vivieron estos artistas su pulsión “ordenadora” en el día a día.

La idea que nos hemos hecho de cómo sería un día en la vida de estos artistas creadores de cosmogonías proviene de los datos que hemos podido recabar de la bibliografía incluida y, también, de nuestra imaginación. [Los autores: Graciela García y Emiliano Bruno]
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El hermano cirujano no ha venido aún. Las sangrías de ayer me han dejado exhausto. Sin embargo me siento extraña y extremadamente lúcido, con la cabeza ligera, casi volátil: algo como un frío de plata, un frescor de menta de agua recorre por oleadas las paredes internas de mi cráneo. Veo todo con una claridad inusitada, sorprendente, como si mis propios ojos alumbraran el mundo. Ahora sé. Y debo aprovechar este momento, a pesar de que la pluma pese como una cruz en mi mano enferma y tenga que invocar a la Virgen Santísima para escribir cada palabra: pronto, tras las vísperas, llegará una vez más el momento en que la mano rehusará obedecer humanas órdenes y cobrará otra vida y fuerza. Otra verdad será revelada.

Gracias a la ayuda del hermano Paltius, cirujano, quien en gracia me tiene, el único tal vez, en este lugar, sé que mis trabajos empezaron tras los laudes del amanecer del 31 de marzo 1334. Me desplomé súbitamente al salir al claustro y caí enfermo. Recibí los sacramentos y estuve a punto de morir durante el primer tercio del mes de abril. Sé que estuve suspendido en una nube de luz, sintiendo en mi cuerpo todos los sufrimientos del hombre, la ofuscación de las mentes, el descarrío espiritual de las tierras y sus habitantes. Al volver en mí no reconocía el lugar: lo había olvidado todo y ni siquiera podía recordar lo que se veía desde la ventana de mi dormitorio. A consecuencia de la enfermedad había perdido la palabra, quedándome completamente mudo, mi mano derecha estaba como muerta y no me respondía. Además había prodigiosamente extraviado la mayor parte de mi memoria literal: mis estudios de las sagradas lecturas, mi oficio de escriba, todo había desaparecido.

En la noche del 15 de agosto, vi en un sueño a la Virgen con el Niño en su regazo. Es gracias a ella que ahora puedo dejar este testimonio: por sus méritos y palabras he recobrado parte de mi conocimiento pero, sobre todo, ha sido obrado en mí un milagro: un doble espíritu ha tomado morada en mi cuerpo y mente: mi mano ahora es la que ve, la que sabe. Yo soy su siervo y traductor.

Mi mano derecha es endeble y torpe para el trabajo mundano. Desde febrero de este Año del Señor 1335, de mi propia voluntad he renunciado a los trabajos del scriptorium, no siendo capaz de realizar el trabajo que me había sido encomendado a causa de la debilidad de mis miembros, en especial el brazo derecho, que cuelga dormido a lo largo de mi flanco la mayor parte del tiempo, y queriendo dedicarme por completo a ser mensajero del Señor. La enfermedad de la mano y su languidez me acompañan y hasta escribir estas líneas me resulta harto fatigoso. Sin embargo, cuando la Sagrada Virgen se apodera de ella, mi mano es capaz de trabajar noches enteras: todas estas imágenes han sido dibujadas sin ninguna ayuda humana sino la del Señor y de la Virgen. La Verdad que atesoran viene de Dios, de quien yo no soy más que un humilde mensajero.

Tal y como la inteligencia divina abarca juntamente todas las cosas, y tal y como toda cosa en el cielo inteligible también es cielo, y allí también la tierra es cielo, como también lo son los animales, las plantas, los varones y el mar, Dios está en el centro de todo y todo alrededor, y mi mano es su mansa y dócil servidora.

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Ahora que todo lo veo, ahora sé: en mí habitan los doctores de la iglesia, las cuatro órdenes monásticas con sus fundadores, los cuatro tipos de exégesis, los cuatro evangelistas, los profetas mayores y menores y la genealogía de María Santísima toda.

En mí, en mi cuerpo, está ahora todo. Todo el mundo revelado, sus tribulaciones, pecados y gozos están en mí. Y así hace Dios, a través de mí, como si Europa fuese hombre, de un lado, y África mujer, del otro. Adán y Eva y el Mare Diabólicum Satanás.

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He aquí el templo derrotado del Señor, cuyos ríos se han convertido en sangre corruptible: Europa tiene los ojos cerrados, la boca congelada, el brazo cuelga sin fuerzas a su lado, como el mío -porque yo también soy tal, Europa soy yo y sus ríos son heridas sangrantes que debilitan mi cuerpo. Y como en el dibujo que mi mano ha obrado, por gracia de Dios, un dragón muerde mi talón, un león atenaza mi cogote y sobre todo ella, África hija de Satanás, y sus hijos que siembran cizaña en el templo del Señor, susrran a mi oído obscenidades. La corrupción ha sembrado la división en la Iglesia del Señor, y siento yo en mi cuerpo todo este dolor, las mordeduras del león y del dragón. El pecado y la corrupción también están en mí, como está también el Señor y su gracia, como espejos que se miran y reflejan su contrario y se multiplican infinitas veces.

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Mi mano sola ha dibujado todo esto, con frenesí, en horas de trabajo febril y doloroso, guiada por la luz de la Virgen y el Señor conjuntamente.

Mi enfermedad se ve con recelo en el monasterio. He sabido que por orden del padre abad, les ha sido prohibida a mis hermanos la visión de mis trabajos. Sólo el hermano Paltius puede entrar en mi celda y visitarme. Paltius me ha hecho saber esta mañana que un tribunal de examinadores de Su Santidad vendrá a verme en cuanto mis condiciones mejoren. Mientras tanto, sus sangrías me mantienen lejos de la ominosa tropa de hijos de Satanás anidados en la Iglesia del Señor.  Cuando mis trabajos estén terminados, podré por fin descansar en paz. Haré que los pergaminos sean enviados a Su Santidad, porque en ellos está la Verdad y en la mano de Su Santidad está la salvación del mundo y de la Cristiandad. Que Dios nos proteja y salve.

arte marginalBIO: Opicinus de Canistris (1296-1350) nació en Lomello, un pequeño pueblo cerca de Pavia (Italia). Estudió teología, se ganó la vida iluminando manuscritos y llegó a desempeñar un cargo en la corte papal de Avignon. Desde joven fue presa de periodos depresivos y ataques psicóticos y en 1334 sufrió una importante ruptura psíquica que lo dejó en un estado parecido al coma durante alrededor de dos semanas. Al despertar, a pesar de haber perdido casi completamente la memoria, sintió haber recibido de la Virgen un “doble espíritu” y la capacidad de “ver la verdad”. Según él mismo relata, fue aquejado por la “enfermedad de la mano sola”: la mano derecha, que había resultado casi paralizada después de que cayera enfermo, se despertaba de vez en cuando, guiada por una entidad sobrenatural, creando las numerosas tablas que hoy conforman los manuscritos Palatinus latinus 1993 y Vaticanus latinus 6435.

Se cree que tuviera esquizofrenia o, según algunos estudiosos, el síndrome de Geschwind. Su manía autobiográfica (algo extremadamente raro y singular en la Edad Media), la  información de la que, por ende, se dispone de él, y la gran cantidad de inquietantes, complejos y maravillosos dibujos lo han convertido en objeto de estudios de numerosos especialistas, entre lo cuales el mismo Carl Gustave Jung. Sus mapas son interpretaciones antropocéntricas de la geografía física, a través de los cuales Opicinus construyó una cosmogonía personal, muy singular, en la que intenta ordenar los elementos que componen su mundo (tanto real como psíquico). El uso de los símbolos, su gusto por disimular y manipular (palabras, números, espacios), y su atracción hacia lo obsceno, lo sexual y lo escatológico son omnipresentes y están estrechamente relacionados con temas similares que se encuentran en general en la cultura medieval.

27 de diciembre de 2013

La vuelta al día en cuatro mundos (1/4) Bispo do Rosario

bispo do rosarioBispo se agacha lentamente apoyando la mano izquierda en su rodilla semiflexionada mientras con la otra recoge un símbolo de Volkswagen del suelo. Es el logotipo perdido de un auto que llegó, quién sabe cómo, hasta la Colonia Juliano Moreira. Bispo le dedica unos instantes, lo sopla con sus labios agrietados y retraídos por la falta de dientes, lo gira y le quita el polvo frotándolo contra la camisa que lleva debajo del Manto de Presentación. Ahora se ve más clara la letra W. Bispo se preocupa un momento, apenas recuerda haber salvado nada que empiece por esa letra.

Se guarda el objeto en el bolsillo y se camina con paso ligero y silencioso hacia su cuarto. Para llegar lo antes posible tiene que atravesar el patio que separa la vasta extensión de prados de su pabellón. Por éste se vagan algunos locos con uniforme azul, la mayoría solos y mirando al vacío. Debajo de un árbol, Luiz Carlos, que se deja afeitar por otro enfermo, le grita un saludo al verlo y Bispo le devuelve un gesto de la mano. Al pasar junto a la puerta del comedor acelera el paso. Los locos hacen cola para entrar a almorzar, dando minúsculos pasitos hacia delante. No pueden avanzar más porque están pegados entre sí, como si no dejar aire entre sus cuerpos fuera garantía de comer antes.

Borboleta, el gato al que que alimenta cada día, maúlla al verle. Bispo se agacha de nuevo y lo acaricia por compromiso, sólo una pasada. Nadie más se interpone en su camino y consigue llegar al fin al edificio.

Por las celosías del pasillo entra la luz del mediodía que se extingue al cerrar la puerta del cuarto fuerte. Allí reina la calma, la calma y la oscuridad. Bispo se serena un poco. Enciende la luz y no dedica un segundo a contemplar el fascinante microuniverso que custodia ahí dentro. Se dirige hacia la zona en que acumula sus residuos míticos: latas, botellas, zapatos, botones, telas… y deposita allí todo lo encontrado durante su paseo, clasificándolo. El símbolo de Volkfswagen se lo queda en la mano. Luego mira alrededor. Está el Arca de Noé, las otras maquetas de barcos, el tiovivo, la colección de herramientas, los mojones con las calles… Confirmado. Nada que empiece por uve doble.

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Echa pigmento en una cuchara y mientras lo mezcla con un poco de agua, deja que las ideas vengan a la cabeza. Coge una astilla de madera con la que suele escribir y un trozo de cartón como soporte. Con estos utensilios se sienta en la Cama de Romeo y Julieta. Moja la astilla en la pintura y comienza a escribir en la esquina del cartón. Lo hace con decisión y en letras mayúsculas, encerrando en un rectángulo cada palabra terminada, para que permanezca.

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Se encuentra completamente embebido en la tarea, casi en trance, cuando llaman a la puerta. Bispo lo ignora pero al rato llaman de nuevo. Masculla algo, irritado. No tiene ninguna intención de levantarse. La voz dulde de Rosángela María Grillo llega del otro lado del mundo, del mundo del manicomio. Entonces Bispo se acerca a la puerta, ajeno de repente al mal humor que le ha creado la interrupción. Una vez allí pregunta como siempre la contraseña: ¿De qué color tengo el aura? Azul con reflejos plateados, dice Rosángela.

Al ver a la jovencísima psicóloga, el viejo Bispo se pliega hacia delante a modo de reverencia. Le coge la mano y le sonríe mirando su aura: la Virgen María, dice, como confirmando algo que ya sabía. Adelante.

Rosángela se adentra con respeto en el extraño territorio de Bispo. Mira a su alrededor. Ha entrado varias veces pero sigue sorprendiéndose ante la visión de los objetos destinados a representar el mundo. Están por todas partes, por el suelo, por las paredes, algunos incluso cuelgan del techo. Predominan las miniaturas y los bordados. Todos realizados por Bispo con lo que tiene a mano. También hay mucha basura cuidadosamente ordenada. Sobre la mesa pueden verse los restos de una operación a medio terminar: sólo queda la manga de un viejo uniforme azul, del que Bispo extrae los hilos para bordar.

Todo lo que está aquí —Bispo abarca la habitación con un gesto de su brazo mientras habla— también lo tengo aquí, dice acariciando el manto de representación que lleva puesto. Tiene que ser así, para que no se pierda nada. ¡Ésta es el Arca de Noé! Exclama Rosángela, señalando con entusiasmo un bordado del Manto. ¡Y éste es el estandarte! Al oír la palabra “estandarte” Bispo se separa de la psicóloga para acercarse a su estandarte favorito. Le llevó mucho tiempo terminarlo y le encanta hablar de él. Vuelve a señalarle a Rosángela las distintas partes como si fuera la primera vez. Aquí están todas las variedades de deportes ¿los ves? El fútbol, el tenis, el béisbol… Y aquí la geografía del mundo: Cuba, España, Arabia Saudí, Italia…

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Aunque ya sabe la respuesta Rosángela pregunta, para halagarle, ¿y cómo es que puede conocer tantos sitios? Yo todo lo conozco, dice Bispo, soy hijo de Dios.

En realidad Bispo conocía muchos de esos sitios porque había sido marinero. La mayoría incluso los había visitado. Eso lo sabía Rosángela, que no escondía la curiosidad que le inspiraba este interno, antiguo marinero y boxeador que había escapado al electroshock y la lobotomía y se había ganado el respeto de todos hasta el punto de conseguir un cuarto para él solo, mientras otros internos se amontonaban en habitaciones y tenían que enterrar sus pocas posesiones para que no se las quitaran.

Sería quizás por su figura ascética, porque trabajaba duramente en las tareas de la Colonia o porque apenas comía ni daba problemas. O quizás, muy probablemente, porque Bispo había sido una especie de sheriff del lugar. Su facha imponente de otros tiempos aterraba a los enfermos y la sola imagen de Bispo con una toalla húmeda enrollada en la mano a modo de guante de boxeador, servía para poner orden entre los otros locos.

Me han dicho que tienes un registro de todas las personas que has conocido dentro y fuera de la colonia.

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Bispo hablaba poco pero con la pura y celestial Rosángela hacía una excepción: no en vano era la Virgen María. Se encaminó a la Cama de Romeo y Julieta, se agachó con cuidado y sacó de debajo una maleta repleta de papeles azules. Aquí hay personas que debo salvar, indicó.

La maleta ajada estaba llena de gastados papelillos azules, cada uno escrito con un nombre en letras mayúsculas. Rosángela se preguntó si ella estaría allí, deseando quizás con algo de superstición, ser una de las elegidas. Después, Bispo se levantó el Manto de Presentación para mostrar la parte interior de la prenda.

El manto estaba bordado también por dentro. ¿Y estos nombres? Estos son los nombres de las personas importantes. Mira, aquí estás tú: Rosángela María Grillo Magallanes.

Rosángela quedó sorprendida porque no se apellidaba Magallanes pero no quiso interrumpir a Bispo, cuyos ojos ahora enfocaban el vacío.

Rosángela, cuando yo muera quiero que me entierren con el Manto de Presentación. Es muy importante: tengo que ir preparado el día del juicio final. Todo esto que he construido es para eso. Cuando muera, los cielos se abrirán y comenzará el recuento del mundo. Con esta nave, con este manto y estas miniaturas que representan la existencia, me voy a presentar.

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Rosángela pasó la mano por el brazo de Bispo y se despidió. Le dijo que sí, que así se haría pero que ahora tenía que seguir visitando a otros pacientes. En realidad hoy no le tocaba ver a Bispo pero había querido hacerle una visita amistosa. A la salida, mientras recorría el pasillo iluminado por las celosías saludaba a los enfermos más o menos catatónicos que custiodaban algún rincón. Reparó en una palabra grabada en la pared: Libertad. Probablemente sería una pintada antigua, de días aún más duros, cuando trataban a los enfermos con electroshock y medidas psiquiátricas igual de atroces. Esto le hizo pensar en el particular caso de Bispo, encerrado durante 50 años pero esclavizado sobre todo por su propia mente. La última vez él había ingresado voluntariamente en la Colonia, un lugar tranquilo donde dedicarse a la misión que le había sido encomendada por los siete ángeles azules, la de salvar el mundo, replicándolo. Él nunca se consideró artista, no tenía más remedio que hacer lo que hacía. Probablemente esto le generó sufrimientos pero también le ayudó a escapar del día a día de alienamiento y precariedad que vivían otros enfermos.

Los locos, decía Bispo, son como colibrís, nunca se posan. Están a dos metros del suelo.

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BIO: Arthur Bispo do Rosário (Japaratuba, Brasil, 1911-1989) fue marinero, boxeador, empleado doméstico y muchas otras cosas antes de dedicarse a su misión. En 1939 se vio asaltado por una visión. Se le apareció Cristo acompañado de siete ángeles azules que le encomendaron salvar el mundo. En la Colonia Juliano Moreira le diagnostican esquizofrenia paranoide. Allí comenzó su labor creativa: hacer un inventario destinado a recordar a Dios lo que no puede olvidar. Contra su deseo, no le enterraron con el Manto de Presentación.

“La vuelta al día en cuatro mundos” es un artículo para Bric-à-Brac que se compone de cuatro relatos que quieren recrear un día en la vida de los artistas Arthur Bispo do Rosário, Opicinus de Canistris, Georges Widener y Zdenek Kosek. Se trata de cuatro textos de ficción con los que hemos querido acercarnos a cómo vivieron estos artistas su pulsión “ordenadora” en el día a día.

La idea que nos hemos hecho de cómo sería un día en la vida de estos artistas creadores de cosmogonías proviene de los datos que hemos podido recabar de la bibliografía incluida y, también, de nuestra imaginación. [Los autores: Graciela García y Emiliano Bruno]
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8 de abril de 2012

La experiencia de la locura, dibujos científicos realizados por pacientes psiquiátricos

Teorías del funcionamiento cerebral según su propio padecimiento, realizadas por distintos pacientes españoles. Estos diagramas forman parte de la Colección del Doctor Sarró y fueron expuestos en la exposición itinerante Pinacoteca Psiquiátrica en España, 1917-1990

Tenemos la suerte de poder ver el catálogo completo en este enlace

Experiencia de la locura, dibujo científico realizado por un paciente psiquiátricoExperiencia de la locura, dibujo científico realizado por un paciente psiquiátrico

 

 

 

5 de diciembre de 2011

Documental Arthur Bispo do Rosàrio (portugués)

Arthur Bispo do Rosário fue negro, pobre, marinero, boxeador y artista por cuenta de Dios.
Vivió en el manicomio de Río de Janeiro.
Allí, los siete ángeles azules le transmitieron la orden divina: Dios le mandó hacer un inventario general del mundo.
El inventario del mundo, inconcluso, estaba hecho de chatarras,
vidrios rotos,
escobas calvas,
zapatillas caminadas,
botellas bebidas,
sábanas dormidas,
ruedas viajadas,
velas navegadas,
banderas vencidas,
cartas leídas,
palabras olvidadas y
aguas llovidas.
Arthur había trabajado con basura. Porque toda basura era vida vivida, y de la basura venía todo lo que en el mundo era o había sido. Nada de lo intacto merecía figurar. Lo intacto había muerto sin nacer.

Inventario general del mundo. Eduardo Galeano

2 de noviembre de 2007

Cartografías

Disponemos del orbe pero no de su concepto

Leopoldo María Panero
Outsider, un arte interno (p.18)

Un mapa es la interpretación humana de un misterio natural. Es voluntad de conocer, traducir y ordenar para finalmente adquirir CONTROL.

El mundo sobre un papel se convierte en un símbolo amable y plano que podemos doblar y guardar en el bolsillo. Podemos incluso olvidarnos de que existe por sí mismo y verlo para siempre cifrado, acotado bajo las unidades humanas de medida.
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Opicinus de Canistris Mapa del Mundo, SXIV
Fuente:
http://www.henry-davis.com/MAPS/LMwebpages/230.html

Opicinus de Canistris (1296-1350) original de Pavia, desempeñó un cargo eclesiástico en la corte papal de Avignon. Allí tuvo problemas con la justicia pues fue acusado de delito simoníaco (tráfico con objetos espirituales). Se cree que era esquizofrénico. Por su puesto, esta enfermedad no estaba identificada como tal en la Edad Media y él se refería a lo que le ocurría como “la enfermedad de la mano sola” lo que parece aludir a esa sensación de extrañamiento ante lo que surge de uno mismo. Sus mapas son interpretaciones antropocéntricas de la geografía fisica. Así, en la imagen superior Europa es un rey que mira a su reina, el Norte de África.

Hay mapas para ordenar el mundo y mapas que se ocupan de la propia psique o de la trayectoria vital del autor. Zdenek Kosek (1949) corresponde al primer grupo. A él lo que le preocupa es la climatología, es de hecho, apodado “El meteorólogo”. Kosek comparte con Opicinus su vocación de demiurgo. Desde que sufre una profunda fractura psíquica en 1985 pasa sus días creando el tiempo sentado frente a la ventana de su apartamento. Anota todo lo que ocurre, hasta el más mínimo detalle: el vuelo de los pájaros, las nubes, los vientos, los sonidos en que se adivinan tormentas…. Su cerebro es un radar que crea y controla el tiempo.

zdenek_kosekZdenek Kosek (3 obras) , Sin título, n.d. Tinta china, rotulador y lápices de colores. Fuente: www.abcd-artbrut.org

“… Estaba en la galaxia regentando el universo. Tenía la impresión de tener la cabeza abajo y las piernas en el aire, de estar al revés. Me sentía girar, como en un tiovivo. Volaba como las aves. Anotaba todo lo que pasaba debajo de mí. Era no sólo el dueño del tiempo sino también de la política. Yo nombré a Vaclav Havel director de la república. Me consideraba inmortal. Cuando hacía todos estos dibujos, mi cabeza era como un remolino, un abanico. Era el dueño del mundo, y tenía la enorme responsabilidad de resolver todos los problemas de la humanidad. ¿Quién lo haría si no? “