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5 de abril de 2015

Josefa Tolrà

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Josefa Tolrà (Cabrils, 1880-1959), también conocida como “La Pepeta de Cabrils” o “La tía Pepeta”, fue una campesina que vivió los duros años de la posguerra española a las órdenes de unos “seres de luz” que la guiaban como dibujante y que la convirtieron en la médium de este pequeño pueblo del norte de Barcelona. Ella se definía a sí misma como mediadora mecánica y dibujaba en estado de trance en papeles y libretas, a menudo superponiendo textos en catalán y en castellano (aunque esta lengua le era prácticamente desconocida).

En sus viajes místicos veía lugares en los que nunca había estado; escenarios que luego aparecían en sus dibujos. Es posible que estas evasiones le ayudaran a superar la pérdida de sus dos hijos varones, uno antes y otro durante la Guerra Civil. La muerte del segundo fue para ella especialmente traumática: la dejó muy trastornada y comenzó a tener alucinaciones auditivas. Por suerte, alguien le recomendó que dibujara lo que la perseguía y de esta manera pudo canalizar sus miedos y convertirlos en algo positivo. Tenía por aquel entonces sesenta años y, aunque apenas pudo estudiar, escribía sin tener conocimiento de temas como la teoría de los colores, sobre Cristo, Napoleón o el poeta Verdaguer. La vanguardia catalana de aquellos años se interesó por sus creaciones y llegó a exponer, casi octogenaria, sus dibujos en la Sala Gaspar de Barcelona en el año 1956.

Hacía tiempo que quería referenciar en El Hombre Jazmín, aunque fuera brevemente, a esta artista mediúmnica que ha merecido una exposición individual en Mataró, algo que demuestra la lenta pero progresiva sensibilización que tiene lugar en España respecto a estas manifestaciones incasificables, excéntricas y excepcionales. En realidad, la obra de Josefa Tolrà ya había entrado en el Arte avalada por el interés que suscitaba en personas del arte y la cultura como Tàpies o Brossa, que se interesaron por sus creaciones y la llevaron a exponer en la Sala Gaspar de Barcelona en el año 56. De hecho muchas de las obras de la reciente exposición en el Can Palauet de Mataró forman parte de la colección del MNCARS.

Puede encontrarse información ampliada sobre esta artista en este artículo de la comisaria de la exposición en Mataró, Pilar Bonet: Artículo sobre Josefa Tolrà en La Vanguardia o en este Artículo de El Cultural.

1 de mayo de 2014

Dunya Hirschter

BIOGRAFÍA

Dunja Koprolčec nació el 18 de marzo de 1954 en Croacia. Estudió inglés y literatura comparada en la universidad de Zagreb y con dieciséis años se inició en el mundo del teatro.

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En febrero de 1975 entró a formar parte del grupo Globe Theatre, que fue un referente del teatro experimental balcánico durante la segunda mitad de los años setenta hasta principios de los ochenta y cuya influencia perdura hasta nuestros días. El grupo tenía un marcado carácter experimental y Dunya fue, de sus miembros, la más rádical y quizás la cabecilla. A Dunya se la tenía por una mujer fuerte, valiente e idealista que empujaba el arte al límite, hasta llegar a fusionarlo con la vida.

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zlatko-buricA principios de los años 80 se dedicó a viajar y de entre todos los viajes hubo uno que la marcó. Fue el descubrimiento de Marruecos y más concretamente de la ciudad de Tanger, destino de muchos hippies y artistas de aquellos tiempos. No se sabe bien lo que sucedió allí, pero Marruecos fue para ella una experiencia intensa, el punto de inflexión entre las dos Dunyas, la Dunya artista y la Dunya que terminaría convirtiéndose en vagabunda. Entre otras cosas se sabe que fue allí donde se convirtió al Islam y donde se gestó su separación de Zlatko Buric, hoy famoso actor con residencia en Dinamarca, con quien compartió la pasión por el teatro pero no el interés por el Islam. Al principio pensó que él se convertiría, que la seguiría, pero no fue así y Dunya decidió separarse.

Desde aquel primer viaje, regresó periódicamente a Marruecos y en una de sus estancias conoció a un hombre musulmán que quería casarse con ella, pero la familia de él no aceptó y Dunya lo vivió como un acontecimiento trágico. Pensaba que les habían hecho brujería y se sintió desgraciada el resto de su vida por haberse quedado sola y sin hijos.

Su última aparición en escena fue para la representación de “Fashion Show” en 1984, tras lo cual se retiró de la vida pública.

Desde entonces vivió en varios lugares sin preocuparse de visados ni permisos de estancia, lo que le valió ser deportada a su cuidad natal, Osijek, donde tenía un hermano. Como no quería quedarse en Croacia, ni tampoco vivir con su hermano, volvió a España con un nuevo nombre: Dunya Hirschter.

En España vivió un año en Madrid, en el parque de la Mezquita de la M30, alimentándose gracias a la caridad de la comunidad musulmana y durmiendo en la mezquita. Para Dunya fue una época durísima, se sentía muy desprotegida y tenía frecuentes crisis nerviosas. Escuchaba voces y se sentía perseguida. Por aquel entonces, en el parque, comenzó a trabajar en una labor de bordado en un gran manto, que lamentablemente no se conserva.

De allí viajó a Málaga donde conoció a unas personas de Granada que le ofrecieron trabajo y la llevaron de vuelta a esta ciudad que para ella era símbolo de convivencia entre musulmanes, cristianos y judíos. El trabajo no le duró porque Dunya tenía un comportamiento extraño, que asustaba a la gente, pero al menos en Granada se encontraba en una ciudad más pequeña y amable; y lo más importante, con una comunidad musulmana grande y muy unida.

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Dunya apenas tenía ingresos, tan sólo una pequeña pensión que recibía de Croacia. Es por esto que las mujeres de la comunidad musulmana le llevaban alimentos y se ocupaban de sus necesidades. Ella no trabajaba para ganar dinero, ya que por un lado no conseguía mantener los empleos y por otro, la vida en este mundo había dejado de interesarle. Tampoco vendía sus creaciones, aunque de vez en cuando creaba algo para una amiga a cambio de dinero.

Dicen que pasaba muchas horas en la mezquita y que ocupaba siempre el mismo puesto, detrás del biombo que delimita el área de las mujeres, con su Corán entre las manos, vestida de forma extravagante con prendas muy viejas personalizadas por ella. En la mezquita ella tenía lo más cercano a un espacio y a una familia, pero no conseguía integrarse bien debido a que hablaba mal español y a que salvo excepciones, se la tenía por una loca.

La falta de relaciones sociales le venía muy mal, hacía que se aislara más y más y que se volcara en sus bordados, dibujos y collages.
A veces no salía durante días, dedicándose fanáticamente a sus obras y al estudio del Corán, hora tras hora, sin dormir ni comer.

Cada vez que su hermano se retrasaba en el ingreso de su pensión o cuando sentía que estaba a punto de perder la pequeña casa que tenía en el Albaicín, sufría crisis nerviosas que asustaban a los vecinos y que le valieron ser ingresada en un hospital, donde le diagnosticaron esquizofrenia y le sometieron a un tratamiento con psicofármacos muy duro. Dunya era consciente de su enfermedad y sufría por ello pero se negaba a tomar medicamentos, por lo que transitaba entre momentos de lucidez y estados de delirio.

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Así pasaron los años en Granada, cada vez más aislada, sin ser entendida por la gente del barrio, que veían en ella a una extraña y alta figura, vestida con ropas coloridas y un pañuelo en la cabeza. De duro carácter y marcado acento croata.

Una amiga que de vez en cuando la visitaba, después de no verla durante días, llamó a la policía para forzar la puerta de su casa: la hallaron sentada en la cocina, muerta. Fue enterrada el primer día enero de 2009, en el cementerio musulmán de Granada.

Si bien a su muerte han surgido algunos obituarios que cuentan parte de su vida y le rinden homenaje en virtud del legado que dejó como integrante del Globe Theater, Dunya murió sola y completamente alejada de ese breve pasado glorioso. En su tumba no hay inscripción alguna.

OBRA

La obra de Dunya se compone esencialmente de collages y de prendas y accesorios intervenidos. Mención aparte merece lo que podría ser su pieza central, el Corán que utilizaba a diario.

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Los collages de Dunya son composiciones de varias capas que combinan el dibujo de motivos ornamentales con el troquelado, muy fino y minucioso, de papeles semitransparentes. A veces incorporaba elementos que encontraba en la calle como cáscaras o elementos vegetales.

Tenía tal escasez de medios y una necesidad tan grande de expresarse que la mayoría de dibujos están trabajados por ambas caras e incluso las capas ocultas pueden estar recubiertas de minúsculas flechas y adornos de colores donde no queda ni un milímetro del papel sin cubrir.

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Dunya no podía dejar de emplear el arte como su principal medio para expresar sus sentimientos. Es posible que mediante la ropa embellecida por ella quisiera proclamar su singularidad y protegerse de su propio lado trastornado y de las miradas incomprensivas de los demás.

En Dunya llama la atención el contraste entre esa idea oscura que tenían de ella los vecinos, esa imagen de mujer mahumorada, de duro acento, inflexible (parece que se ponía muy agresiva si por ejemplo a alguien le sonaba el móvil en la mezquita) y el colorido y vitalidad que vuelca en sus creaciones textiles. Ese acto de coquetería que es adornar con colores y dorados las propias gafas, el abanico… parece demostrar que había en ella un mundo alegre y rico que ofrecer al que la mayoría de la gente, por falta de llave, no podía o no quería acceder.

Dunya-Hirschter

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Cuando uno intenta asomarse a su proceso creativo y observa sus creaciones, los collages, sus bordados, el Corán, tiene la sensación de que el tiempo se detiene. Sus creaciones nos resultan cautivadoras porque en ellas se suspende la noción del tiempo tal y como la entendemos. Se suspende la tiranía de la utilidad. En esta sociedad donde toda tarea debe ser justificada y todo minuto debe ser optimizado, se presentan rara vez objetos que disuelven el concepto de tiempo, lo dejan flotando, lo banalizan.

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Algo de Dunya se ha quedado entre sus bordados y entre las páginas de su manoseado libro, algo físico: humores corporales y algo inasible: precisamente en esa relación con el tiempo reside el poder de la permanencia de Dunya en sus creaciones, el extraño halo que los envuelve y convierte en objetos cargados de algo que no sabemos describir.

Sus prendas son el resultado de un acto muy íntimo de comunión entre la persona y el imaginario que se construye para cubrirse y presentarse ante el mundo.

Dunya sufre una desalineación entre la realidad y la idea que ella tiene de su destino. Su traje nos recuerda a otras obras de arte outsider realizadas por mujeres en psiquiátricos, el vestido de novia que tejió Marguerite Sirvins con hilos extraídos de sus propias sábanas; el diario bordado en la chaqueta del uniforme, por dentro y por fuera, de Agnes Richter; o el misterioso conjunto conocido como La Robe de Bonneval, concebido como traje ritual para la reconciliación de una pareja que nunca más se encontraría. Se trata de obras donde las prendas de vestir son un objeto simbólico que prentende aliviar una carencia dolorosa, de libertad, de cordura, de amor, de una vida “normal”.

 

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En cuanto al Corán, hablamos de éste como si fuera una obra pero por supuesto esto es de algún modo un esnobismo que nos permitimos al sacarlo de contexto, pues para ella era un objeto inefable al que profesaba el máximo respeto. Asociarlo a una intención artística sería una blasfemia. Representaba el centro de su fe y una fuente inagotable de estudio. Es curioso porque la mayoría de los “respetos” se manifiestan como una especie de miedo a lo respetado. La mayoría de personas que respetan algo no se atreven a tocar su objeto de veneración. Más raro es encontrar “respetos” como el de Dunya, que dialogan con él y lo intervienen.

Dunya debía sentir su Corán como una parte tan íntima de sí misma que se nota que lo manejó con libertad. Lo mejoró estéticamente, lo hizo más usable, recortando papel sobrante y añadiendo pestañas para manejarlo mejor. Lo quemó en algunas páginas, quizás intencionadamente (quemaba a menudo parte de sus obras porque le gustaba o le parecía espiritual el efecto del papel quemado). Lo subrayó con fluorescente, lo dibujó, coloreó e incluso festoneó en la parte de abajo, quizás en un estado alterado de conciencia de los que da el trabajo prolongado. También le cambio el lomo, lo bordó con hilos de colores, creando una desconcertante y caótica composición.

La obra de Dunya puede verse hasta el 21 de mayo en La Galería Alegría de Madrid.

Créditos:

Gracias a Moumina Wagner, Nadja El-Shohoumi y Jessica Moroni por la información facilitada.

Las fotografías de Dunya joven provienen de: www.jutarnji.hr

Las fotografías de Dunya con pañuelo han sido facilitadas por: Moumina Wagner.

Las dos fotografías de los collages de Dunya son de Antonio Riccio.

El resto de fotografías de la obra de Dunya son de Álvaro Acinas (Galería Alegría).

5 de febrero de 2012

Grafiteros babélicos

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Giovanni Bosco. Imagen procedente del Osservatorio Outsider Art
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Giovanni Bosco. Imagen procedente del Osservatorio Outsider Art
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Giovanni Bosco. Imagen procedente del Osservatorio Outsider Art

Este post va dedicado a dos artistas descubiertos en el libro Costruttori di Babele que intervienen los muros de las ciudades que habitan.

Giovanni Bosco (Castellammare del Golfo, 1948 – 2009) trabajó desde muy joven como pastor y minero en una pequeña ciudad siciliana. Se quedó huérfano muy temprano y tuvo que enfrentarse a dos años de cárcel por robar ovejas. Durante un período de exilio se enteró de que dos de sus hermanos habían sido asesinados. La noticia le provocó una crisis nerviosa que le llevó a ser hospitalizado en un hospital psiquiátrico, donde probablemente recibió electroshock.

A su vuelta a Castellammare llevó una vida de extrema pobreza y utilizó cualquier soporte disponible para expresarse plásticamente, los muros de su ciudad, las paredes de su cuarto, cartones o papel de carta. Parece que también había inventado una especie de idioma.

Los murales se encuentran esparcidos por las calles del centro de Castellammare del Golfo y en la carretera de entrada a Salemi.

Más información y bibliografía en outsiderart.unipa.it. y en costruttoridibabele.net

melina riccio
melina riccio
Melina Riccio

Melina Riccio (1951) es una suerte de Penélope urbana. Vivió en las calles de Génova vagabundeando y pasando calamidades hasta que comprendió que tenía que recrear el paraíso en la tierra.

Melina es una señora vital que habla en rima y se viste y adorna con sus propias creaciones.
Comenzó haciendo grafitis hasta que hizo su primera exposición y lo abandonó para dedicarse a las piezas de collage con telas. Viaja acompañada de una gran bolsa de retales con los que hace instalaciones en el entorno.

Imágenes obtenidas de trenisti, de ziguline y de paperblog

5 de diciembre de 2011

Documental Arthur Bispo do Rosàrio (portugués)

Arthur Bispo do Rosário fue negro, pobre, marinero, boxeador y artista por cuenta de Dios.
Vivió en el manicomio de Río de Janeiro.
Allí, los siete ángeles azules le transmitieron la orden divina: Dios le mandó hacer un inventario general del mundo.
El inventario del mundo, inconcluso, estaba hecho de chatarras,
vidrios rotos,
escobas calvas,
zapatillas caminadas,
botellas bebidas,
sábanas dormidas,
ruedas viajadas,
velas navegadas,
banderas vencidas,
cartas leídas,
palabras olvidadas y
aguas llovidas.
Arthur había trabajado con basura. Porque toda basura era vida vivida, y de la basura venía todo lo que en el mundo era o había sido. Nada de lo intacto merecía figurar. Lo intacto había muerto sin nacer.

Inventario general del mundo. Eduardo Galeano

29 de enero de 2011

Creaciones textiles anónimas de principios del s. XX

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Panel con seis piezas bordadas (principios del s. XX)

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Bordado sobre servilleta y bordados sobre fondo de papel escrito (principios del s. XX)

textil anónimo

Vestido, bolso y sombrero (principios del s. XX)

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Chaqueta y pantalón (principios del s. XX)

2 de enero de 2009

Tejiendo en la prisión

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Las chicas del colegio público 1994 y El poli de su sangre (me odia) 1992

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Asesinato de las noticias 1995 y El prisionero 1991

Raymond Materson llevaba 15 años en prisión, sufriendo condena por crímenes relacionados con drogas, cuando encontró una manera de sofocar su enfado con el mundo y comenzar una pequeña redención. Se le ocurrió utilizar un par de calcetines de rayas que había cambiado por cigarrillos para tejer un motivo en miniatura.

Debió gratificarle la experiencia pues a partir de entonces elaboró múltiples piezas de características similares, que casi nunca superan los 5 x 7’6 cm. Las primeras representaban emblemas deportivos u otros diseños sencillos, pero poco a poco se fueron volviendo más complejas. En ellas encontró una manera de adquirir prestigio en la comunidad de presidiarios, que le cambiaban sus miniaturas por café o cigarrillos.

Ellas también le trajeron el amor y la fama. Una mujer llamada Melanie se interesó por su trabajo y se enamoró de la obra y del autor. A partir de entonces empezó a promover sus trabajos que hoy en día han merecido varios artículos, exposiciones e incluso el premio de una fundación.

24 de septiembre de 2008

Arte en confinamiento (II)

El gesto del encierro tiene otra profundidad: no aisla a extraños desconocidos; los crea, altera rostros familiares en el paisaje social, para hacer de ellos rostros extraños que nadie reconoce ya.

En los comienzos del siglo XX las mujeres podían ser internadas en psiquiátricos por varias razones, por prostitución, malas relaciones familiares, por tener un hijo ilegítimo, un amor desafortunado, un divorcio, un matrimonio sin hijos o incluso por viudedad. Al menos así sucedía en Alemania, donde se han rescatado más muestras del trabajo de los internos gracias a la labor del psiquiatra Hans Prinzhorn.
Para ello bastaba con que su padre, su hermano o su marido la condujeran a un centro psiquiátrico donde a menudo se les diagnosticaba esquizofrenia que en aquella época era llamada Dementia Praecox.

Allí sufrían las duras “terapias” consistentes en aislamiento, baños de larga duración, camisas de fuerza, sujeción con paños mojados, sobre-alimentación involuntaria, “curas” de sueño, de malaria, de insulina, electroshocks… No es de extrañar que necesitaran desesperadamente reafirmar su identidad. Es por ello que las creaciones que nos han quedado como testimonio suelen ser autorretratos, biografías o representaciones de objetos cotidianos. Apenas podían conservar pertenencias y su apego a lo poco que les rodeaba podía constituir un vínculo a la “materialidad” del mundo.

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Barabara Sückfull

Barbara Suckfüll integraba en sus extraños dibujos con escritura las siluetas de cucharas, tazas y platos que la rodeaban. Dicen los informes que Hedwing Wilms (Alemania, 1874-1915) apenas hablaba y solía renunciar a la cena. Con grueso hilo de algodón construyó una vajilla textil que le recordaba a la que tenía antes de ser internada. Se compone de un conjunto de bandeja, jarra y taza, que no podemos evitar comparar con el trabajo de Meret Oppenheim.

Hedwing Wilms

Meret Oppenheim

Sin embargo, lo que para Meret Oppenheim es una elección estética para Hedwing Wilms es fruto de una limitación. Una limitación que puede dar como resultado creaciones insólitas y poéticas como ésta.

21 de septiembre de 2008

Adelaide V. Hall (Virginia, 1863-?)

Este pañuelo de ganchillo fue confeccionado por una interna del Hospital Psiquiátrico Saint Elisabeths en Washington y analizado por la Dra. Arrah B. Evarts en torno a 1918.

El nombre de la paciente era Adelaide V. Hall, ésta procedía de una familia pobre de 8 hermanos que fueron criados por su padre. La pieza narra un hecho importante en la infancia y adolescencia de la autora. Se sabe que dormía en la misma cama que su padre, y ella afirma que mantenían relaciones sexuales. La doctora Evarts interpretó este relato como una fantasía de incesto, lo que es criticado por el estudioso del arte outsider John M. MacGregor quien, 80 años más tarde, ha investigado el caso de la paciente y considera que la pieza representa hechos autobiográficos. MacGregor atribuye a la doctora el interés de la época por corroborar las teorías del psicoanálisis en sus inicios.

La madre de Adelaide falleció siendo ella muy pequeña por lo que apenas la recuerda, su hermana mayor asumió el papel de “cuidadora” durante algunos años pero pronto abandonó el hogar para formar su propia familia quedando Adelaide, aún niña, a cargo de la casa.

El resto de sus hermanos no parecen desempeñar un papel importante en la infancia de la autora, a excepción de uno que compartía cama con su padre y con ella. El padre era alcohólico y cuando bebía se volvía violento y mezquino.

Cuando Adelaide tenía 13 años su hermana mayor se la lleva a vivir con ella. Allí sufrirá un amor imposible pues se enamora de su cuñado. Se sabe que tuvo varios romances con hombres casados, uno de los cuales le contagió la sífilis.

No están claras las razones de su internamiento psiquiátrico, que tuvieron lugar en dos ocasiones. Se le diagnosticó melacolía, depresión y… aventuradamente a juicio de MacGregor, trastorno bipolar, delirios e hipocondría.

En la pieza llama la atención que las figuras aparecen identificadas con letras y números pegados sobre el tejido. También integra otros elementos no textiles, una especie de huevo colocado en la cabeza de una figura con los genitales destacados, un botón y varias arandelas. Aprendió a coser y trabajó una temporada haciendo vestidos, lo que explica su habilidad a la hora de realizar este trabajo. También confeccionó varios vestidos para bebés que nunca llegó a tener, pues según documentan los archivos del hospital, padeció varios embarazos psicológicos.

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