Archivo de enero de 2010

30 de enero de 2010

Algunas obras del Hospital de Toén, en Ourense

Todas estas obras son creaciones anónimas de 1990 y no tienen título, a excepción del óleo que representa a un peregrino, titulado Santiago y datado en 1985 y la imagen del hombre de perfil portando sombrero, que se titula Timbraos y es también de 1990.
A menudo me habéis preguntado si se conocen obras de arte outsider españolas. Es por ello que me gustaría seguir haciendo referencia a la reciente exposición Pinacoteca Psiquiátrica en España, 1917-1990. Hoy he querido mostrar obras de la colección del Hospital de Toén, realizadas por pacientes entre los años 1959 y 1990.

Además de las piezas que aquí se muestran, me ha parecido interesante hacer referencia al texto que se incluye en el catálogo, escrito por Alcira Cibeira Vázquez y David Simón Lorda, ambos psiquiatras, que estudian el archivo del hospital. Éstos observan que los primeros testimonios, aquéllos dibujos realizados antes de la instauración de un taller habilitado para la expresión plástica, son los más espontáneos. En ellos los pacientes se sirven de papel higiénico o cualquier otro material reciclado para abocetar sus ideas. Más adelante, en el contexto del taller, las obras se sienten más dirigidas.

De estas primeras creaciones espontáneas no tenemos ninguna muestra pero los psiquiatras detectan tendencias que ya hemos referido en este blog muchas veces: el interés por construir mundos alternativos, inventos y máquinas estrafalarias. Otra constante es la vinculación del escrito a la actividad plástica, los laberintos de palabras, las pictoescrituras, la producción de ambiciosos volúmenes autobiográficos, enciclopédicos… Es otra característica del arte hecho en psiquiátricos de todos los puntos geográficos. La reciente reunión de obras de la pinacoteca psiquiátrica española nos permite observar el mismo orden de tendencias en la producción artística de los enfermos mentales que la que hemos venido observando en el estudio de piezas más conocidas, procedentes en su mayoría de estudios anglosajones y franceses.

1 de enero de 2010

Un vaquero en un castillo de naipes

Edmond Morel, Le Château de Cartes (immeuble). Dicy, La Fabuloserie

Soy un vaquero fiero con una sola función: vigilar mi castillo de naipes.

Llevo encargándome de este trabajo ya muchos años, en una estancia de La Fabuloserie que por la noche se apaga.

Hubiera preferido encargarme del cuarto piso, acotado por cerillas azules. Es el piso más alto, el más hermoso, pero allí no nos necesitan. Es el área custodiada por las figuras de la baraja francesa. Gente muy organizada: la reina de corazones junto a la reina de tréboles, de rombos, de picas… todos dispuestos en círculo para controlar al enemigo por todos los flancos.

Dicen que arriba del todo hay una gran campana plateada, protegida por una cúpula de cartoncillos, coronada por un querubín solitario al que nunca le apetece conversar.

De vez en cuando la luz de la habitación se enciende y me pasan un plumero por todo el cuerpo, con suma delicadeza. Entonces siento que mis pies se despegan del piso y que el suelo bajo mis pies tiembla, pero enseguida me estabilizo. Vivo en una construcción más sólida de lo que parece. El pegamento que la sostiene es el que se usaba para reparar los sacos de patatas.

Alain Bourbonnais, Mademoiselle Rose. Dicy, La Fabuloserie

Mi creador se dedicaba a cultivar su pequeña propiedad en Pais-de-Calais hasta que la Segunda Guerra Mundial cambió su vida. Fue prisionero en un campo de trabajo de Austria y esta experiencia le cambió para siempre. En cuanto recibió su primera pensión comenzó a hacer construcciones fantásticas. Al principio reproduciendo aquel campo de trabajo, luego dejando volar su imaginación.

Los indios azules del segundo piso viven en alerta constante. No es de extrañar, conviven con los tramposos Joker que se divierten lanzando falsas alarmas. En la zona baja es donde mejor se lo pasan. Todos a refugio bajo las arcadas de cartón, organizando fiestas privadas mientras los demás trabajamos duro.

No les envidio. Tras su muralla de cartas, ellos no ven lo que yo veo. Cuando las luces de La Fabuloserie se apagan, desciendo por la empalizada y me escapo a las otras estancias. Converso con Mauricette y sus amigos, siempre enzarzados en grandes debates. Saludo a los Turbulentos, a Mademoiselle Rose, a La Poussette.

A veces las luces se encienden y nos pillan desprevenidos, pero la gente ya no se sorprende de encontrarnos en sitios diferentes. Nos colocan donde debemos estar y hacen como si no hubiesen visto nada.

Francis Marshall, La Soupe, Dicy, La Fabuloserie
Reinaldo Eckenberger, La Poussette. Dicy, La Fabuloserie